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Llegó a acojonarme verdaderamente la idea de quedarme estancada. De quedarme sentada en la estación viendo trenes pasar y no subirme a ninguno, por miedo. Comencé una carrera contra mi misma sin ni si quiera tener una meta. Bajaba y subía de los trenes como se cambian chicos de una tarde a otra, sonrisas recicladas escogidas especialmente para ese momento, maquillaje como tapadera de lo que no quería contar. Nunca estuve sola el tiempo suficiente como para recomponerme y deshacer lo mal cosido, no quería tiempo para sentarme de nuevo. Lo hice todo al revés. Presione mis heridas con vendas y tiritas en vez de dejar que se curasen solas. Me force a continuar. Me ahogaba cada vez que apretaba mas mis vendas. Porque cuantas veces empece y retrocedí, y quise salir corriendo de los dolores de cabeza y de pies, tras bailar en la oscuridad. Noches que se me fueron de las manos y mañanas sin poder salir de la cama. Quería sentir, aunque no fuese mas que una mentira. Pero sentir que hacia algo mas que respirar. Que me hervía la sangre. No puedo buscar culpables, porque fui la única que se equivoco. Me presione para intentar saltar, y volví a estamparme contra el suelo. Dominada por los impulsos, y por el puto orgullo. Ellos, que me llamaban fría ignorantes de que el hielo también quema. Ignorantes de que me abrasaba por dentro. Detalle cada momento, cada frase que le dio la vuelta a mis esquemas. Cada palabra que agrieto mis muros. Empiezo a pensar que en realidad todo ha sido parte de una gran mentira y que no, no he fracasado tantas veces en el amor, porque apenas deje que nadie pasara mis muros.
Me obligue a creer, me force a sentir.
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